Me encantaría pasar la Navidad en el hemisferio Norte, acompañada por mis afectos, frente a un hogar encendido, rodeada de nieve, y disfrutando de familias cantando villancicos por las calles, y deleitándome con todos esos manjares (pavo, relleno, pasteles, jamones asados, frutos secos, etc.) que, aquí, en verano, son el equivalente a un suicidio alimenticio. Bueno, quién te dice, con todos los cambios asomando en puerta, ¡quizás en el 2013! (shh!, por ahora, es sólo un rumor ... ¿Londres?).
Los adornos se van reciclando y reutilizando en distintos lugares de la casa a medida que pasan los años.
Algunos los hizo mi mamá para la primera navidad que pasé en mi primer, propio, departamento, usando objetos que tenía a mano, cascabeles, campanitas, estrellas federales, semillas de jacarandá, piñas y moños escoceses.
Reaparecerán en escena acompañando las siluetas de madera que traje de recuerdo de mi estadía en Breckenridge (arte, nieve y más nieve), y mi visita a Nueva Inglaterra.
Esas flores alegran y dan vida a cualquier rincón de la casa (y en cualquier época del año. Siempre hay un ramillete frente al espejo del baño).
No pueden faltar las luces en el árbol. Allí suelo intercalar un hilo de luces blancas con un hilo de luces de colores.
En el escritorio, me encanta colgar una cascada de luces blancas que, cuando todo en derredor está a oscuras, recrean ese tan mentado "winter wonderland" (tierra de ensueño invernal) del que hablan los villancicos de navidad y me llevan de regreso a los paisajes navideños en Breckenridge. Les debo las fotos, cuando están encendidas es muy difícil sacar fotos con buena definición.
Con la ayuda de mis sobrinos, hicimos las gotas y las bolitas reciclando tarjetas de navidad y algunos cartulinas coloridas (que supieron ser portada de algún calendario).
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